Feria de libros en Panamá: Un portal a una dimensión espiritual

Nrisimha Kripa Dasa

Llegué el lunes 14 de agosto tras un viaje de 16 horas. Viajé desde mi pequeño pueblito de Cuerámaro (México), a la ciudad de Panamá, una ciudad fundada en la diversidad de razas y culturas. Ahí me encontré con Adinath Dasa, un legendario guerrero de sankirtana de las metrópolis mexicanas. Syamachandra Dasa nos invitó a unirnos al auspicioso evento de un puesto en la feria del libro de Panamá. Llegamos al recinto ferial el martes de Janmastami y, desde el primer día hasta el último, fuimos sumergidos en un vórtice de misericordia. Una danza interior que nos llevaba a vivir un significado más sutil de la palabra «sankirtana».

Desde primeras horas de la mañana, un torrente de niños de las escuelas recorría las avenidas del recinto ferial y, en medio de su frenesí, era difícil capturar su atención. Recurríamos entonces a una de nuestras armas más socorridas: el precio. Teníamos once títulos de hermosos libros pequeños que, además de refulgentes, eran de los más baratos en la feria. Gritábamos hacia la masa amorfa de niños: «¡Libros de a dólar, libros de a dólar!». Sorprendidos, se giraban y observaban, y entonces les explicábamos el contenido de los libros en el modo más sencillo posible y nos deleitábamos al ver como, uno a uno los, las pilas de libros iban bajando: El cazador y el sabio, Karma y Viaje fácil a otros planetas resultaron ser sus favoritos.

En la tarde venían los adultos, los profesionistas, los escritores, los artistas y demás. En este horario nos enfocábamos en distribuir la misericordia de Prabhupada por kilos. (Es decir, en los libros grandes y en la mayor cantidad posible). En ocasiones, la gente se llevaba de dos a cuatro kilos: el Bhagavad-gita, el primer canto del Srimad-Bhagavatam, Enseñanzas de la Reina Kunti y Viaje al autoconocimiento, entre otros.

Un señor llegó a levarse siete kilos de prema condensado: se acercó sutilmente al puesto y me preguntó:

—¿De qué trata el Sri Chaitanya-charitamrita?

Sri Chaitanya fue un avatar que nos enseñó a ser más humildes que la hierba y más tolerantes que un árbol, a ofrecer respeto a todos sin esperar respeto a cambio, para poder así estar fijos en la conciencia espiritual —le respondí—. No es un solo libro, sino cuatro tomos.

Quiero todos, por favor —dijo, pagando con su tarjeta de crédito.

La unión hace la fuerza

«La Suprema Personalidad de Dios dijo: Mis queridos hijos del rey, estoy muy complacido con las amistosas relaciones que mantienen entre ustedes. Todos se dedican a la misma ocupación, el servicio devocional. Estoy tan complacido con la amistad que reina entre ustedes que les deseo toda buena fortuna. Ahora pueden pedirme una bendición». (Bhag. 4.30.8)

Pocas veces en mi vida de devoto he percibido una sinergia tan profunda en un equipo de devotos. Nuestro interés común en distribuir contundentemente los libros de Prabhupada era tan fuerte que sentíamos una gran alegría cuando estos se vendían, y en nosotros no se manifestaba la envidia o el protagonismo. Recuerdo ver en numerosas ocasiones a los devotos distribuyendo un Gita aquí, otro Ciencia de la autorrealización allá, un paquete de libros por acá, mientras yo me empeñaba en distribuir otros libros. Hubo momentos en que distribuíamos en ráfagas simultáneas y, a veces, todos estábamos tan ocupados que uno solo tenía que encargarse de atender hasta tres o cuatro personas a la vez. Syamachandra Dasa recuerda haber distribuido tres Bhagavad-gita al mismo tiempo, usando el mismo mantra con tres personas diferentes, mientras alguno de nosotros distribuía a otra gente.

Un día, la jornada llegó a su fin y todos los puestos cerraron y apagaron las luces; no obstante, nosotros no podíamos cerrar, porque los escasos visitantes que aún deambulaban por la feria pasaban por nuestra mesa y nos compraban libros. Apenas una luz tenue iluminaba nuestro puesto, y al final vino alguien de la administración del evento para pedirnos que cerráramos. Y así finalizó una jornada más de 12 horas, estando de pie en un reciento cerrado, aislado y con aire acondicionado constante, pero en la que hablamos de la filosofía de Krishna y ofrecimos nuestros libros a la multitud con la intensidad de un tigre. A pesar de estar agotados, y, en contraste con los trabajadores de los otros puestos, nos sentíamos plenamente felices y radiantes.

Una señora nos dijo: «Este puesto me gusta porque me explican todo y no me dejan con ninguna duda. En los demás lugares me dicen: busque por ahí».

En efecto, abordábamos a la gente, como aprendimos a hacerlo en la calle, con una amabilidad única y un deseo místico de que aceptaran un libro. Una escritora que estaba en el puesto de al lado, observó: «Ustedes son unos salvajes, venden como salvajes». Lo decía con asombro y glorificación, puesto que nosotros vendimos miles de libros y ella solo consiguió vender alguna docena.

Kañchani Devi Dasi recuerda: «Un día, una señora vino y compró un Bhagavad-gita y un primer canto del Srimad-Bhagavatam. Al día siguiente regresó y compró un Ciencia de la autorrealización y un Viaje al auto conocimiento. Al día siguiente regresó y compró una colección de libros pequeños, y finalmente confesó que no se quería ir porque sentía mucha paz en ese lugar. Efectivamente, mucha gente regresaba numerosas veces solo para intercambiar unas palabras o comprar algún otro libro, porque nuestra sinergia era magnética. Como un hoyo negro que atraía a toda la gente.

Adinath Dasa cuenta: «Yo sentía como si nuestra mesa de libros fuera un portal hacia una dimensión espiritual, que se abrió en ese especifico tiempo y espacio con el objetivo de reconectar a todas esas personas (almas) aunque no se dieran cuenta. Nosotros solo éramos intermediarios o instrumentos, y presenciábamos las inconcebibles potencias del Señor Supremo, quien difunde a todos Sus bendiciones por el simple hecho de que nos quiere de regreso a casa».

Un equipo de entusiastas

El trabajo en equipo era tan portentoso que nos contagiaba y nos empoderaba. Sri Radhe Govinda Devi Dasi, cuyo idioma natural es el inglés, sufrió un contagio de entusiasmo que se catalizó después de conocer a una señora que hablaba inglés. Esta señora presentó muchas objeciones y dudas sobre el Bhagavad-gita, pero Sri Radhe Govinda le respondió de una manera tan experta que acabó comprando el libro. Su entusiasmo se duplicó y Krishna, que estaba feliz en su corazón, le dio las palabras adecuadas para que ella pudiera vender varias decenas de Gitas en español. Se manifestó una poderosa distribuidora.

La palabra entusiasmo tiene una etimología griega, y su raíz, entheos, significa tener a Dios adentro. El entusiasmo puede emplearse en el servicio devocional: Syamachandra Dasa lo ponía en práctica acompañado de su especial inteligencia emocional y su buen sentido del humor. La gente se reía con sus bromas y le compraban colecciones enteras de once libros pequeños. También le compraban el Bhagavad-gita en español y en gujarati.

Kanchañi Devi Dasi también se contagió del entusiasmo y sus buenas capacidades como distribuidora de libros se multiplicaron junto con los libros que distribuía. Pensaba en grande, ofrecía en grande y vendía en grande. Adinath Dasa y yo también nos contagiamos de la emoción espiritual de los devotos y no dejábamos que la gente se fuera sin al menos apreciar la literatura espiritual de Srila Prabhupada, aunque lo ideal era siempre que se llevaran varios libros en su bolsa.

Yo me siento muy inspirado cuando veo a devotos que no suelen distribuir libros y los toman en sus manos y los presentan convencidos a las personas. Ese fue el caso de Jagamohini Devi Dasi, que se paraba y los explicaba con firmeza, y hacía que grupos de personas se acercaran a ella para preguntar, escuchar y comprar. También pude ver el desarrollo de Noemí y Yamuna Mayi Devi Dasi, que en las pocas horas que pudieron asistir mejoraron sus tácticas de sankirtana solo por asociarse con los demás, y en seguida estaban distribuyendo libros grandes.

La verdad es que nunca terminaría de glorificar a los devotos, las historias de sankirtana o aquel puestecito de conciencia de Krishna, pero les dejo el dulce sabor de los resultados de los libros distribuidos en 6 días de feria:

  • 1 323 libros pequeños
  • 888 libros medianos
  • 354 libros grandes
  • 43 ejemplares del primer canto del Srimad-Bhagavatam
  • 226 Bhagavad-gitas
  • 1 colección del Sri Chaitanya-charitamrita

Los huéspedes ejemplares

No quiero dejar pasar la oportunidad de agradecer a la pareja de devotos que nos invitaron y hospedaron, y de compartir mi admiración por ellos: Sri Radhe Govinda Devi Dasi y Syamachandra Dasa.

Sri Radhe Govinda fue un apoyo contundente en toda la feria. Solía levantarse antes de la cinco de la mañana para cocinar el mejor prasada para sus hijos, que se iban a la escuela, y también para nosotros, que estábamos entregados en la feria del libro. Generosamente también cocinaba prasada para los miembros de la congregación que iban a distribuir libros, e incluso para nuestros vecinos en la feria, que se limitaban a contemplar el mundo espiritual desde las cercanías. Ella escuchaba clases de muchos devotos mientras cocinaba y en la noche tenía un largo bhajana con sus tres hijos kirtaniyas. Ese prasada vibraba con mucha pureza.

Syamachandra Dasa es la clase de devoto que puede conquistar a todos con su sentido del humor. Tiene una inteligencia emocional única y la usa con la misma destreza en sankirtana. La gente queda encantada con sus bromas amenas y su trato afable. Él vendió varias colecciones, con once libros pequeños por colección. Syamachandra es un hombre de negocios y naturalmente tenía que ir a trabajar al canal de Panamá, pero siempre trataba de regresar rápido, porque se encontraba meditando en sankirtana constantemente. Entre sus muchos otros servicios, mantiene el almacén de libros del BBT en Panamá. Él fue quien consiguió el puesto en la feria y pagó una gran cantidad de dinero, además de traernos a Adinath Dasa y a mi desde México. No obstante, nunca nos presionó para obtener dinero en la feria. Solo le interesaban los libros, y esa fue una de las muchas claves del éxito. Hicimos nuestro mejor esfuerzo pero sin ninguna presión por un resultado económico.

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