Un ejemplo de determinación

Al cumplir una semana de estadía en Piura, surgió un gran deseo de entregar libros a la gente joven, y por eso recordaba lo que dijo Srila Prabhupada: “Estos libros van a despertar la conciencia original de las entidades vivientes”.

Este pensamiento se volvió constante, y por eso pensaba: “Los jóvenes no se está beneficiando en conciencia de Krishna. Solo estoy entregando libros a personas mayores, y muchos ancianos”.

Incluso había hecho una estadística de la distribución de libros en esta ciudad: 90% de los libros eran distribuidos a personas adultas, y 10% a gente joven.

A diario este pensamiento permanecía en mi corazón, porque deseaba distribuir a la gente joven y por más esfuerzo que hacía no había buenos resultados. Internamente sentía que no era un buen instrumento debido a que no podía llegar a la gente joven, pero por otro lado, estaba feliz porque la gente que tenía poco tiempo en permanecer en este cuerpo, estaban obteniendo el mayor de los beneficios al llevarse los libros de Srila Prabhupada.

Entonces, por Su influencia mística, Krishna hizo los arreglos trascendentales y complació mi deseo, enseñándome al mismo tiempo gran lección para permanecer entusiasta en sankirtana.

Y como Supremo Místico, Krishna envió a una señora joven que tenía en sus brazos a una de sus hijas de dos años, mientras que la otra, de siete años aproximadamente, iba tras ella. Al verla pasar le pregunté:

– Una pregunta: ¿tu esposo lee? ¡Este libro es para él, hazle una sorpresa por San Valentín!

Algo le debe haber causado gracia, pues al escuchar mis palabras sonrió, pero aun así continúo caminando sin averiguar de qué se trataba.

De pronto, su hija pequeña se detuvo frente a mí, y me dijo sonriendo:

– A mí me gusta leer –y se quedó quieta observándome con silencio.

Por unos segundos me quede paralizado sin hacer nada, y después pensé: “¿Podrá entender los libros de Srila Prabhupada?”. De inmediato reaccioné pensando: “Todo es posible”.

Para animarla a que se interesara más por los libros tuve que preguntarle:

– ¿Te gustan las historias?

– Sí, me gustan –respondió muy contenta.

Entonces le puse en su mano un libro titulado El cazador y el sabio. En ese instante escuchamos una voz, un llamado de atención:

– Camine, ¿porque te detienes ahí? –dirigiéndose a su hija–. Te dije que nunca hables con desconocidos. Devuelve ese libro.

Al escuchar la orden de la madre perdí la esperanza, y esperé a que la niña me devolviera el libro. Sin embargo, la niña, muy determinada, le dijo a su madre desobedeciéndola:

–Yo quiero este libro.

Pero las palabras de la señora fueron cada vez más duras, y a mí solamente me quedó escuchar minutos de intercambios de palabras, y los argumentos que le decía a su hija:

“No hay dinero, devuélvale el libro.”

“Ese libro no es para ti, no vas a entender nada, devuélvale el libro.”

“En casa tenemos muchos libros, devuélvalo.”

La niña no quería desprenderse del libro, y estaba determinada a tenerlo como fuera, y por eso siempre repetía lo mismo: “Yo quiero este libro”.

Al verla muy determinada, inmediatamente pensé en obsequiarle el libro. Su gran deseo por tener estos libros me obligó a tomar esta decisión, y estaba decidido a regalárselo si su madre no la compraba.

Así que mi última opción fue intervenir en la escena, y dirigiéndome a la señora le dije:

–Su hija es muy inteligente, le encantan las historias. Le voy a explicar este libro para que ella entienda.

Me incliné de cuclillas y le hablé a la niña con un tono de voz alto, para que la madre me escuchara:

–Este libro te va gustar mucho y se lo vas a contar a tu papá. Había una vez un cazador que vivía en el bosque, y él nunca fue a la escuela: por eso era una persona muy mala. Los niños que no van a la escuela se vuelven muy malos. Por eso todo niño tiene que ir a la escuela, para ser buena persona. Entonces este cazador era muy malo y hacia sufrir a los animales, y ellos gritaban de dolor y se morían. Por eso no debemos matar a los animales, ni tampoco hacerles sufrir. Este cazador era muy malo porque mataba animales. Pero un día, la vida de este cazador cambió, y se volvió una persona muy buena. ¿Por qué se volvió bueno? Porque se encontró con su maestro, y su maestro le enseñó muchas cosas buenas. Le enseñó cómo cuidar a los animales, cómo cuidar a las plantas y cómo vivir en el bosque. Así que este cazador obedeció a su maestro, y por eso él vivió muy feliz en el bosque. ¿Te gustó?

–Sí, me gustó.

Convencida, la niña volvió a suplicarle a su madre diciendo:

– Mami, cómprame este libro.

La señora, al ver que su hija no iba a cambiar su opinión, dijo con tono grave, como para desmoralizar a su hija:

– Si tú quieres este libro, entonces cómpralo. Tú tienes dinero, tu papá te dio tu propina.

– Mami –suplicó la niña –, eso es para mí helado.

– Lo siento; si tú quieres esos libros, cómpralos –insistió la señora.

Entonces dio media vuelta y comenzó a caminar esperando que su hija la siguiera. Pero la niña estaba muy determinada a obtener el libro, y por eso me miró y me dijo:

– Señor, ¿cuánto cuesta?

Al ver el triunfo de su determinación me puse feliz y le dije:

– No te lo voy a vender, pero tampoco te lo voy a regalar. Lo que quieras darme, yo lo aceptaré.

La niña extrajo una moneda de su carterita, y muy contenta me entregó el dinero.

– ¿Con cuánto quieres colaborar? –le pregunté.

– Con todo mi dinero –me dijo, sin ningún apego por su propina.

– Muchas gracias por colaborar –le dije, agradecido–. Tú estás contenta y yo también estoy contento. Voy a orar a Dios para que siempre te cuide y te proteja.

– Lo voy a leer.

Mientras se marchaba, se detuvo y, al girar su cabeza, ambos sonreímos al vernos. Levanté mi brazo para despedirla, y ella también me devolvió el saludo levantando su brazo. De esa manera nos despedimos como viejos amigos.

“¿Quién será esta niña? Es una gran alma. Qué afortunada es”, me quedé pensando. “Esta niña es un maestro para mi. Me ha enseñado en la práctica lo que significa ser determinado, y se desprendió fácilmente lo poco que tenía reservado para su disfrute, enseñándome que hay que renunciar a alguna cosa para alcanzar propósitos superiores”.

Mahajana das

Piura – Perú

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